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El Burdel

 

 TEXTO DE LA HISTORIA

Sara había notado las pequeñas mentiras de su novio, las horas extra que nunca se reflejaban en su talonario de pago y el olor a perfume barato y a tabaco que a veces se adhería a sus camisas. El último clavo fue el rastreador que instaló en su teléfono, una aplicación discreta que la llevó esa noche hasta un callejón oscuro y húmedo, frente a la fachada de un burdel de mala muerte llamado "El Rincón del Vicio". El letrero de neón parpadeaba, pintando de rojo y azul el charco de agua sucia en el suelo. Con el corazón martilleando en su garganta, Sara entró.

El interior era un laberinto de pasillos estrechos, cortinas de terciopelo gastado y un aire denso que olía a sexo barato, alcohol y desesperación. Mujeres con poca ropa y miradas perdidas la observaron con indiferencia. Sara, con su vestido de oficina y su aire de chica buena, era un pez fuera del agua. Se dirigió a la barra, donde una mujer corpulenta limpiaba una copa.

"Estoy buscando a alguien", dijo Sara, con la voz temblorosa. "Un hombre, alto, moreno..."

La mujer apenas la miró. "Aquí entran muchos, amor. Y salen menos".

Fue entonces cuando una figura se materializó a su lado. Era una transexual ya algo vieja pero alta, esbelta, con una piel de ébano y unos ojos que parecían ver a través de ella. Lleva un vestido rojo ceñido que realzaba unas curvas perfectas, casi demasiado perfectas. Era Mirella.

"¿Perdida, cielo?", preguntó su voz, un contralto seductor y empalagosamente dulce. "Pareces una oveja en medio de una manada de lobas. Te ayudaré a encontrar a tu hombre. ¿Cómo se llama?".

Sara, aliviada por encontrar una posible aliada, le describió a su novio. Mirella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Ah, sí. Lo conozco. Está en la suite trasera. Ven, te llevo".

La guio a través del laberinto, más adentro, hacia un área más silenciosa y oscura. "Es por aquí", dijo Mirella, deteniéndose frente a una puerta pesada. "Pero antes, una cosa. Tú buscas a un hombre que te traiciona, que te miente. ¿Vale la pena esa vida? ¿No preferirías ser libre, poderosa... temida?".

Sara no entendió. "¿De qué hablas?".

Mirella no respondió con palabras. Con un movimiento rápido, sacó de su escote un medallón de plata oxidada. La pieza central era una piedra negra, lisa y sin brillo, que de repente pareció absorber la luz de la habitación. Mirella la tomó de la mano con una fuerza inhumana y presionó el medallón contra la piel de Sara, justo encima de su corazón.

Un frío glacial recorrió el cuerpo de Sara, seguido de un calor abrasador. El medallón comenzó a brillar con una luz negra y pulsante. Sara sintió cómo su propia consciencia era arrancada de sí misma, como si un imán invisible estuviera extrayendo su alma. Vio destellos de su vida: su primera bicicleta, su graduación, el día que conoció a su novio, las lágrimas derramadas por su infidelidad. Todo fluía desde su mente hacia la piedra, mientras una presencia extraña y oscura se filtraba en el vacío que dejaba.

Mirella cerró los ojos, saboreando el torrente de memorias. Vio el apartamento de Sara, sus amigos, sus contraseñas, su vida entera. Sintió la emoción de Sara, su dolor, su amor y su rabia. Y los absorbió todos.

Se tocó el pecho, sintiendo la firmeza de unos senos que no eran los suyos. Corrió hacia un espejo roto que colgaba de la pared y su grito se ahogó en su garganta. El rostro que le devolvía la mirada era el de Mirella. Sus ojos, ahora llenos de pánico y horror, eran los de la prostituta transexual.

Jadeando, se giró. Allí estaba, con su cuerpo, con su cara, con su ropa de oficina. Era "Sara", pero sus ojos brillaban con una inteligencia fría y triunfante que nunca habían tenido.

"¿Qué... qué has hecho?", chilló la nueva Mirella, con la voz de Sara, un sonido extraño y agudo.

La falsa Sara se acercó, caminando con una gracia que a Sara siempre le faltó. Se ajustó el bolso al hombro, un gesto tan natural y tan a la vez tan ajeno.

"He hecho lo que debía", dijo con la voz de Sara, pero con la cadencia segura de Mirella. "Tu vida es una jaula dorada. La mía era un callejón sin salida. Ahora, yo seré libre. Tendré tu apartamento, tu dinero, tu identidad. Y tú... tú te quedarás aquí, en mi lugar. Asegúrate de darle buen servicio a los clientes. A ellos les gusta cuando luchas un poco".

La falsa Sara le dio una última sonrisa, la sonrisa de Mirella en el rostro de Sara. Luego, se dio la vuelta y se alejó con paso seguro, desapareciendo en el laberinto de pasillos y dejando a la verdadera Sara atrapada en el cuerpo de Mirella, en el infierno del burdel, mientras su vida era robada ante sus ojos impotentes. El medallón en el suelo brilló débilmente una última vez antes de apagarse para siempre.

Mientras se acercaba a la salida, podía escuchar los gritos desgarradores de la mujer que había sido Mirella, ahora atrapada en el cuerpo de Sara.

"¡Déjenme salir! ¡Soy yo! ¡Soy Sara!", gritaba la nueva Mirella, agarrándose a las cortinas de terciopelo mientras dos guardias corpulentos la sujetaban por los brazos. Su voz, ahora aguda y femenina, sonaba como la de una histérica.

Los guardias, dos matones con rostros inexpresivos, la miraron con desdén. "Tranquilízate, Mirella", gruñó uno de ellos. "Ya sabemos cómo te pones cuando te drogas. Vuelve a tu cuarto".

Mientras tanto, la falsa Sara cruzó la puerta sin mirar atrás. Se detuvo un momento, cerrando los ojos y accediendo a las memorias de Sara. Sabía exactamente dónde había aparcado.

El viaje a casa fue un ensayo general. Recordó la dirección, las calles, cada giro. Al llegar al apartamento, usó las llaves que ahora sentía como una extensión de su propia mano. Recorrió el lugar con los ojos de una exploradora. Abrió el armario, tocó la ropa suave y cara, se probó un perfume caro frente al espejo. El reflejo de Sara le sonreía, pero los ojos eran los de Mirella, llenos de un hambre insaciable.

Su teléfono vibró en el bolso. Era una notificación. Lo sacó y vio un mensaje del novio de Sara, "Carlos".

"Cariño, siento mucho hoy. Te llamo mañana. Te quiero.“

La falsa Sara se rio en voz alta. Un sonido bajo y cruel. "Claro que querrás, pendejo", susurró al dispositivo. No tenía intención de responderle. Carlos era parte del pasado. Mirella no necesitaba anclas.

Dinero, libertad, una identidad limpia. Todo lo que siempre había querido.



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