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"El Rincon del Vicio"

 TEXTO DE LA HISTORIA

El olor a nafta y a fracaso impregnaba la ropa de Martín. A sus cuarenta y tantos, su empresa de importación no era más que una montaña de deudas y una oficina vacía que olía a humedad. Mientras se ahogaba en whisky barato en el sofá de su hermana, su mirada cayó en su sobrina, Sofía. Tenía veintitrés años, una vitalidad que él ya no recordaba poseer y, lo más importante, una mente brillante. Acababa de lanzar una pequeña app de diseño que estaba cosechando elogios y, sobre todo, inversiones.

Una idea, retorcida y oscura, comenzó a germinar en la mente callosa de Martín. No se trataba solo de dinero; se trataba de la oportunidad, de la segunda vida que él nunca tendría. El plan era demencial, una fantasía de ciencia ficción que se había convertido en su única salida. Necesitaba su cuerpo. No como un traje de carne, sino como un recipiente para su conciencia hambrienta.

La oportunidad llegó una tarde de lluvia. Sofía, confiada y algo culpable por el estancamiento de su tío, le pidió que le echara una mano con unos servidores en la oficina de su startup. Era el lugar perfecto, aislado, lleno de cables y tecnología. Martín llegó con una maleta. Dentro no había herramientas, sino un equipo quirúrgico improvisado y un suero neural que había conseguido en las profundidades de la web, prometiendo transferir patrones de conciencia.

"Sofía, cariño, necesito que me ayudes con esto", le dijo, señalando un rack de servidores en una sala sin ventanas. Cuando se inclinó, él no dudó. Un paño empapado en cloroformo sobre su nariz y su sobrina se desplomó, suave y pesada.

La habitación se convirtió en un santuario profano. Martín trabajó con una precisión aterradora, conectando electrodos a sus sienes y a los de la joven inconsciente. El suero se inyectó en ambas venas. El proceso fue una tormenta de luz y dolor, una guerra silenciosa mientras su mente, corroída por el resentimiento y la ambición, se arrojaba como un parásito sobre el territorio virgen y luminoso de la de Sofía. Por un instante, dos conciencias lucharon en el mismo cráneo, pero la de Martín, forjada en años de amargura, era más pesada, más desesperada. La aplastó.

Cuando abrió los ojos, el mundo era diferente. Más nítido. El aire olía a ozono y a su propio perfume a vainilla. Levantó las manos y no eran las suyas. Eran delgadas, con uñas largas y esmaltadas de un rojo intenso. Se acercó a un espejo de acero pulido en la pared y la mirada que le devolvió fue la de Sofía, pero los ojos... los ojos eran los suyos. Fríos, calculadores, hambrientos.

El primer acto de la nueva Sofía fue deshacerse de la evidencia. El cuerpo de Martín, ahora un cascarón vacío y moribundo, fue colocado en el coche de su dueño original y estrellado contra un puente. Un trágico accidente causado por su desesperación y el alcohol. La policía lo cerraría enseguida.

Martín sabía que su sobrina necesitaba renacer correctamente así que fue al salón de belleza, compro ropa de oficina a su gusto y una vez se sintió perfecto fue de vuelta a la oficina, se sentó frente al ordenador. Accedió al email de Sofía, a sus cuentas bancarias, a su vida. La primera llamada fue a un inversor que había dudado.

"¿Sofía? Qué sorpresa", dijo el hombre al otro lado de la línea.

Respondió ella con la voz de su sobrina pero con un tono de autoridad que antes no estaba. "Olvida nuestras últimas conversaciones. He reconsiderado mi posición. La empresa no está en venta. Al contrario, vamos a expandirnos. Y quiero que usted lidere la ronda de inversión. He preparado un nuevo plan de negocio. Mientras hablaba, sentía el poder de la juventud recorriendo su nuevo cuerpo. La mente de Sofía, sus conocimientos de marketing y tecnología, estaban ahora a su disposición, fusionados con su propia experiencia y su falta de escrúpulos. Por la noche, frente al espejo del baño de su nuevo apartamento de lujo, se desvistió. Se exploró con una curiosidad clínica y excitada. Era dueño de esta cuerpo joven y perfecto.. Acarició la piel suave, sintió la firmeza de los pechos que no eran suyos. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Ya no era un fracasado. Era una perversión del éxito, una empresario renacido de las cenizas de su propia derrota, vestida con la piel de su sobrina. Y el mundo, por primera vez en décadas, estaba a sus pies.

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