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Una Entidad y Un Almuerzo

 TEXTO DE LA HISTORIA

Isabella era una obra de arte deliberada. Su cabello rubio, un torrente de ondas perfectas, caía sobre los hombros desnudos, enmarcando sus enormes tetas apenas cubiertas por su blusa azul. La tela, tensa sobre un busto generoso, era una declaración de confianza. Frente a ella, su jefe, el Sr. Vallarta, hablaba de proyecciones y trimestres. Sus palabras eran un zumbido apenas notorio, un ruido de fondo porque hoy, algo había cambiado.

Empezó como un hormigueo en la base de su cuello, una sensación fría y agradable que se deslizó por su espina dorsal como un dedo huesudo. Parpadeó, y por un instante, el rostro atento de Vallarta se distorsionó. Sus ojos parecieron hundirse en sus órbitas.

Isabella apretó su copa. El hormigueo se convirtió en una presencia, una conciencia fría y seductora que se instaló en su cabeza como un rey en su trono.

Qué aburrido susurró la voz en su mente, una vibración que no era sonido sino puro instinto. Hablemos de lo que realmente importa. De lo que él está pensando. De lo que tú quieres que piense.

Isabella sintió cómo sus hombros se enderezaban, no por voluntad propia, sino por un impulso ajeno. Su postura cambió sutilmente, arqueando la espalda justo lo suficiente para que la blusa azul se estirara un poco más descubriendo sus pezones. La entidad dentro de ella no la controlaba como un títere; la influenciaba, le sugería, despertando una parte de ella que siempre había estado dormida.

Él no te ve como una empleada continuó la voz, ahora más cálida, más íntima. Te ve como un postre. Un manjar que le gustaría devorar. Y tú, mi querida, tienes hambre. No de comida...

Un escalofrío recorrió su piel, erizando los vellos dorados de sus brazos. No era miedo. Era una excitación oscura, una aceptación perversa de la verdad en esas palabras. Vallarta, en ese momento, se detuvo a mitad de una frase. Sus ojos se habían fijado justo en ambos pezones que ya eran mas que perceptibles.

Isabella sintió el impulso, la sugerencia de su huésped interior. Lentamente, con una gracia que no era del todo suya, levantó su mano y ajustó sus pezones. El movimiento fue mínimo, casi inconsciente, pero atrajo la mirada de Vallarta como un imán. Sus dedos rozaron la piel tibia y suave de su pecho, y por un segundo, la sonrisa que dibujó en sus labios no fue la de Isabella, la profesional. Fue una sonrisa de posesión, una mirada de deseo…

Así se hace siseó la voz en su cabeza, llena de un placer voluptuoso. Ahora, míralo. Míralo devorarte con los ojos. Siente su deseo. Es tuyo. Eres tú quien lo provoca, quien lo controla. Ahora muerte sutilmente el labio inferior –Isabella lo hizo-, muy bien susurro el ente, ahora quiero que le guiñes el ojo y sonrías.

Isabella cruzó las piernas debajo de la mesa, el roce de la seda de su vestido sobre su piel era una caricia íntima y prohibida. Se sintió poderosa, más allá de la ambición profesional. Esto era algo más primitivo, más carnal. La entidad no le estaba dando poder; le estaba mostrando el poder que ya tenía, el que anidaba en su cuerpo, en su mirada, en la forma en que el mundo la deseaba. Quiero que roces su pierna con tu pie, y luego el tacón en su entrepierna susurro la presencia.

"¿Isabella?" preguntó Vallarta, su voz un poco ronca pero seca a la vez de lo nervioso que estaba "¿Estás bien?"

Ella lo miró directamente, sus ojos azules ahora dos pozos de una calma perturbadora. La sonrisa que le ofreció fue genuina y a la vez terriblemente ajena.

"Perfectamente, señor Vallarta ¿o acaso no te gusta?", respondió, su voz un poco más baja, más rica de lo habitual. "De hecho... nunca me he sentido mejor."

Y mientras él observaba, hipnotizado, Isabella sintió cómo la presencia dentro de ella se regodeaba, saboreando no solo el deseo del hombre frente a ella, sino la rendición deliciosamente perversa de su anfitriona. El almuerzo apenas comenzaba y cada vez Isabella estaba dejando de ser ella dándole cabida a la entidad.

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