Luis, con su vida monótona de contable de 24
años, pasaba las noches sumergido en el mundo brillante de las gemelas Ayala.
Yarishna y Karishna eran todo lo que él no era: ricas, famosas, admiradas y,
sobre todo, mujeres. Su obsesión trascendió la simple admiración; se convirtió
en un anhelo visceral, un deseo de ser ellas, de habitar en esa piel perfecta y
experimentar el mundo desde su privilegio. "No es justo", se repetía
una y otra vez, "yo debería ser yo el que tenga esa vida".
Aunque siempre se había considerado un hombre
lógico y racional, la desesperación lo empujó hacia lo oculto. Gastó cientos de
dólares en "hechizos" de internet que no eran más que estafas, compró
velas y hierbas que solo llenaron su apartamento de un olor a quemado. La
frustración casi lo hace rendirse, hasta que en una librería de viejo polvo,
escondido en un rincón olvidado, encontró un tomo encuadernado en piel negra:
"Speculum Animae, el Espejo del Alma". Las páginas estaban escritas
en un latín arcaico, pero un diagrama le llamó la atención: un ritual para
"bifurcar el espíritu" y anclarlo a dos vasijas de carne.
Esa misma noche, con las gemelas posando para
una revista en su portátil, Luis dibujó el círculo en el suelo de su sala con
tiza roja. Recitó las palabras guturales, sintiendo una energía extraña
recorrer su cuerpo. No hubo fuegos artificiales ni demonios, solo una sensación
de desgarro, como si su conciencia se estirara hasta el punto de romperse.
Sintió un tirón hacia la pantalla, un vértigo abrumador, y luego, oscuridad.
Yarishna se estiró en su cama de seda en Miami.
Abrió los ojos y no supo dónde estaba por un segundo. Miró sus manos, largas y
delgadas, su piel canela. Se levantó y caminó hacia el gran espejo del
vestidor. La sonrisa que se formó en sus labios no era la suya. Era la sonrisa
triunfante de Luis. Al otro lado del mundo, en un lujoso hotel de Tokio,
Karishna despertó con la misma sonrisa, sintiendo la presencia de su otra mitad
a miles de kilómetros de distancia. Eran una sola mente en dos cuerpos divinos.
Las primeras semanas fueron un frenesí de
descubrimiento. Se probaron toda la ropa, experimentaron con el maquillaje y se
reían en videollamadas, una mente hablándose a sí misma en dos rostro
idénticos. "Somos perfectas", susurraba Yarishna mientras acariciaba
su vientre plano. "Y ahora, a jugar".
La vida de las gemelas se convirtió en una
fiesta sin fin. Viajaban en jets privados a lugares paradisíacos, no para
trabajar, sino para ser vistas. Compraban bolsos y joyas sin mirar el precio,
no por el valor, sino por el poder que representaban. Pero el verdadero placer,
el que satisfacía el alma de Luis, era el poder sobre los hombres.
En un club nocturno en Ibiza, Yarishna se
acercó a un multimillonario tecnológico. Con solo una mirada y una frase
susurrada al oído, lo tuvo rendido. Lo llevaron a su suite, donde él y Karishna
lo despojaron de su dinero y su dignidad, convirtiéndolo en otro esclavo más en
su creciente harén. "Nos adoras", le decía Karishna mientras él le
besaba los pies. "Y lo sabes".
Luis, ahora las gemelas Ayala, había logrado lo
imposible. No solo poseía a sus ídolos, sino que las había superado,
liberándolas de cualquier atadura moral. Eran más famosas, más ricas y mucho
más peligrosas. Mientras se tomaban selfies en un yate rodeadas de hombres
dispuestos a morir por ellas, pensaban en su siguiente paso. El mundo era su
juguete, y apenas estaban comenzando a jugar.
La verdadera genialidad de su nueva existencia
no era solo habitar dos cuerpos perfectos, sino la ventaja estratégica que
representaba ser dos a la vez. Mientras el mundo veía a Yarishna y Karishna
como individuos separados, Luis sabía que eran una sola mente con dos brazos,
dos sonrisas y una voluntad unificada.

Muchas gracias por la historia, superaste mis expectativas.
ResponderBorrarMuchas gracias cariño!
BorrarMuy buena historia
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