En su lujoso apartamento con vistas a la
ciudad, Isabella, una mujer de cincuenta y tantos años, se observaba en el
espejo. Aún era hermosa, pero las arrugas en las esquinas de sus ojos y la
flacidez de su piel le recordaban su condición de dama de compañía de lujo, un
producto con fecha de caducidad. Su deseo no era morir, sino renacer. Deseaba
con cada fibra de su ser el cuerpo joven y perfecto de Valentina, una modelo de
veintitrés años que la había buscado para pedirle consejo sobre cómo entrar en
el mundo de los hombres ricos y poderosos.
Isabella la invitó a tomar té, sonriendo con
una falsa calidez mientras le servía una bebida especial, un brebaje antiguo
que relajaba el alma y la dejaba vulnerable. Mientras Valentina comenzaba a
sentirse somnolienta, Isabella se acercó, tomó su mano y cerró los ojos.
"No te preocupes, mi pequeña,"
susurró. "Solo te prestaré tu cuerpo por un tiempo. Prometo cuidarlo mucho
mejor que tú."
Valentina sintió un frío helado recorrer su
cuerpo, como si su alma estuviera siendo arrancada con violencia. Se desmayó en
el sofá, mientras Isabella, ahora en el cuerpo de la joven, se levantaba con
una energía que no sentía desde hacía décadas.
Se miró en el espejo, tocando su nuevo rostro,
sus pechos perfectos, su estómago plano. Una sonrisa salvaje se dibujó en sus
labios. "Ahora sí," dijo con la voz de Valentina. "Ahora podemos
divertirnos de verdad."
La nueva Valentina desechó el guardarropa
modesto y conservador de la modelo y llenó su armario con lencería de encaje,
vestidos de seda ajustados y tacones de aguja que gritaban
"disponible". Hizo una llamada a su antiguo chófer, ahora al servicio
de la "nueva" Valentina.
"Llévame al club más exclusivo de la
ciudad," ordenó. "Tengo sed de conocer a los hombres más
poderosos."
En el club, todos los ojos se posaron en ella.
No era la tímida modelo de antes, sino una mujer que irradiaba confianza sexual
y un deseo palpable. Se sentó en la barra, cruzando las piernas de manera
provocativa, y pronto fue abordada por un CEO de cuarenta años.
"¿Eres nueva en la ciudad?" le
preguntó él, fascinado.
"Soy nueva en todo," respondió con
una sonrisa pícara. "Y quiero experimentarlo todo."
La noche fue un torbellino de champán, caviar y
sexo desenfrenado en el suite presidencial del hotel más caro de la ciudad.
Pero una vez no fue suficiente. A la mañana siguiente, la nueva Valentina ya
estaba buscando su próxima aventura, su próxima conquista.
"Una noche con cada hombre importante de
esta ciudad," se prometió mientras se probaba un vestido nuevo frente al
espejo. "Y luego, cuando este cuerpo comience a aburrirme, encontraré otro
más joven, más hermoso. La eternidad es demasiado larga para no pasarla siendo
la mujer más deseada del mundo."

Muy buena historia, así si vale la pena pasar la inmortalidad.
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