La mansión de los Valdez era un mausoleo de
lujo y silencio. Valeria, su dueña era una mujer que mantenía aburrida debido a
que su esposo, Alejandro, era un hombre cuyo imperio se extendía por
continentes por lo que tenía viajes constantemente. Actualmente llevaba tres
semanas en Singapur, el último viaje de una larga serie de ausencias. El
aburrimiento era un amante constante, y Valeria decidió que necesitaba un nuevo
entretenimiento, una distracción que la hiciera sentir útil, poderosa. Sin una
sola llamada a su marido, contactó a una agencia de élite y solicitó
"alguien discreto y eficiente".
El día que Elara llegó, el sol de la tarde
teñía de ámbar el mármol del vestíbulo. No era una mujer que pasara
desapercibida. Su cabello, oscuro y rebelde, estaba recogido en un moño
apretado, pero unos mechones se escapaban para enmarcar un rostro de rasgos
afilados y ojos de un marrón tan profundo que parecían absorber la luz. Llevaba
un uniforme gris, simple y sin adornos, pero no lograba ocultar la energía
vibrante que emanaba de ella, una fuerza contenida que contrastaba con la
pasividad de la casa.
"Elara, ¿verdad?" preguntó Valeria
desde lo alto de la escalera imperial. Su voz era suave, casi un susurro, como
si temiera romper la quietud del lugar.
"Sí, señora Valeria", respondió
Elara. Su voz era más grave, con un matiz terroso. Levantó la vista y sus ojos
se encontraron con los de Valeria. No hubo sumisión en su mirada, sino una
evaluación fría y curiosa. "Estoy a su disposición."
"El trabajo es sencillo", continuó
Valeria, descendiendo los escalones con una gracia aprendida. "Limpieza,
mantenimiento, organizar la despensa. Mi esposo no está, así que seremos las
únicas aquí por un tiempo. Valoro mi intimidad."
"Comprendido, señora", dijo Elara, y
por un instante, una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios. "La
intimidad es un lujo que no todos pueden permitirse."
La conversación fue breve, pero cargada de una
tensión eléctrica que Valeria no supo identificar. Durante el resto del día,
Elara trabajó con una eficiencia silenciosa. Pero mientras limpiaba, sus ojos
devoraban cada detalle. No veía objetos, veía símbolos. Un collar de perlas en
el tocador no era joyería, era el peso de la sangre azul. Un vestido de Dior
colgado en el armario no era tela, era la piel de un estatus inalcanzable.
Se acercó a la cama principal, donde el edredón
de seda caía en pliegues perfectos. Elara extendió su mano, casi tocando la
tela, y sintió el eco del cuerpo de Valeria, el calor residual, el perfume de
gardenias. Una envidia feroz, negra y primordial, se apoderó de ella. No quería
el dinero; quería la sensación de ser Valeria.
Esa noche, mientras la mansión dormía bajo la
luna, Elara no descansó. De su modesto bolso extrajo un pequeño estuche de
cuero gastado. Dentro, un espejo de obsidiana pulida, tan oscuro como un pozo
sin fondo, y una vela de cera negra, impregnada con hierbas secas que olían a
tierra húmeda y a algo más antiguo, a promesas rotas.
Se sintió atraída al estudio de Alejandro, un
santuario de madera oscura y cuero. En el escritorio, una foto enmarcada de
Valeria y Alejandro en su boda. Elara la tomó. La sonrisa de Valeria en la foto
era radiante, pero sus ojos... sus ojos tenían la misma vaciedad que Elara
había visto en persona.
Colocó el espejo sobre el escritorio, encendió
la vela y el humo comenzó a trepar, serpenteando hacia el techo. El aire se
espesó, cargándose de electricidad estática y del olor a ozono de una tormenta
inminente.
Elara cerró los ojos y comenzó el ritual. No
eran palabras en un idioma conocido, sino sonidos guturales, una invocación a
las sombras, a los vacíos que anhelan ser llenados.
"Te doy mi hambre", susurró al
espejo. "Te doy mi ambición. Te doy mi alma. A cambio, dame tu cáscara.
Dame tu vida."
La llama de la vela se estiró, volviéndose
azulada. El reflejo en la obsidiana no era el de Elara. Era el de Valeria,
acostada en su cama, dormida. Con un esfuerzo de voluntad que la hizo temblar,
Elara empujó su conciencia hacia adelante, a través del espejo, a través de las
paredes de la mansión, como un proyectil de energía oscura.
En la habitación principal, el cuerpo de
Valeria se arqueó violentamente sobre la cama. Un grito silencioso se atascó en
su garganta mientras sentía una fuerza extraña invadirla, desplazándola. Su
propia conciencia, sus recuerdos, su identidad, eran empujados a un rincón
oscuro de su propia mente, convertidos en meros espectadores.
Elara, en el estudio, se desplomó en la silla
de cuero, su cuerpo original vacío y sin vida.
Al instante, los ojos de Valeria se abrieron de
par en par. La nueva Valeria se incorporó. Miró sus manos. Las palpó, las giró,
sintiendo la delicadeza de la piel, la ausencia de callos. Se acarició el
rostro, el cuello, el cabello largo y suave.
Una risa escapó de sus labios. No era la risa
tímida de Valeria. Era una risa baja, rica, llena de un triunfo delicioso y
malvado. Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo de cuerpo entero.
"Vaya, vaya", dijo a su reflejo,
experimentando con la voz de Valeria.
Se dio un baño largo y profundo en la bañera de
mármol, usando aceites que costaban más de lo ganaba en un año. Se probó toda
la ropa de Valeria. Cada noche, dormía en la cama de matrimonio, sola, pero
feliz.
Una semana después, Alejandro regresó. El
sonido de la puerta principal abriéndose resonó por toda la casa. La nueva
Valeria bajó las escaleras, no con la timidez de antes, sino llena de
confianza.
Él la tomó en sus brazos, la levantó y la giró.
"Te he extrañado, mi amor. ¿Cómo ha estado todo?"
La impostora sonrió, una sonrisa que llegó a
sus ojos recién encendidos.
"La casa estaba vacía sin ti",
respondió, acercándose y besándolo con una pasión que lo tomó por sorpresa.
Alejandro se río, complacido. "Me alegra oírlo. Pensé que te morirías de
aburrimiento sin mí."
Esa noche, en la cama, Valeria no se comporto
como la que él conocía, no era tierna ni pasiva. Esta Valeria era dominante.
Sus manos, antes suaves y vacilantes, ahora eran firmes, explorando su cuerpo
con una familiaridad audaz y una curiosidad insaciable. No había sumisión en su
abrazo; había una conquista.
"Algo ha cambiado en ti", susurró
Alejandro, mientras el sudor se enfriaba sobre su piel.
"Quizás te extrañé más de lo que
pensaba", mintió ella con una voz sedosa. "O quizás simplemente me di
cuenta de que la vida es demasiado corta para ser una dama delicada." Lo
besó, no con amor, sino con una marca de propiedad. "Y esta vida... esta
vida es demasiado buena para dejarla pasar."


Hey tengo una duda, has pensado en usar IA para crear tus propias imágenes y videos?
ResponderBorrarMuy buena historia
ResponderBorrarYa subirás las peticiones??
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