La entidad se subió al auto de Luna sintiéndolo
como suyo y condijo hasta la oficina que tenía una atmosfera diferente; muy
diferente. Para la entidad, era un escenario perfecto para acoplarse a su
identidad y divertirse como no lo había hecho nunca. Ella no quería simplemente
ser Luna, sino ser la mejor versión posible y para ello el objetivo era
Roberto, su jefe, un hombre cuyo anillo de boda parecía más pesado cada vez que
la entidad cruzaba su camino.
No hubo juegos sutiles. La entidad se acercó a
su escritorio y se inclinó, apoyando las manos en el madera. El top dejaba al
descubierto una piel lisa que Roberto no pudo evitar mirar.
"Roberto", susurró la entidad, su voz
un poco más grave de lo habitual. "Necesito que me ayudes con algo... en
privado". La invitación era transparente. Él tragó saliva, asintiendo con
la cabeza. En su despacho, con la puerta cerrada, la fachada de profesionalismo
se desmoronó. Ella no le dio tiempo a pensar. Se subió a su escritorio,
sentándose al borde, y se abrió las piernas lentamente. La minifalda no
ocultaba nada.
Luna flotaba en la esquina, sintiendo un nudo
de angustia e impotencia de no poder hacer nada... Vio cómo Roberto se
arrodillaba, cómo su cabeza desaparecía entre las piernas de su propio cuerpo.
Los gemidos que escapaban de los labios de la entidad eran profundos,
guturales, de un placer prohibido pero excitante. El poder que emanaba de su
cuerpo la humillaba hasta los cimientos, pero una parte oscura de ella se
sentía vibrantemente viva.
Más tarde esa noche, el plan era aún más
retorcido. Una cena con Sofía, su mejor amiga, y su novio, Marco. La entidad
llevó un vestido rojo, tan corto que al sentarse dejaba ver el principio de sus
nalgas. Durante toda la cena, sus pies, descalzos bajo la mesa, se deslizaron
hacia la pierna de Marco. Él se tensó, pero no se apartó. Sus ojos se
encontraron con los de la entidad, y en ellos vio una promesa de prohibición
que no pudo ignorar.
Luna quería gritar, pero su voz era un susurro
sin sonido. Vio cómo la entidad le robaba una mirada a su amiga, una sonrisa de
complicación dirigida a su novio, y sintió cómo su lealtad era destrozada.
En el bar, después de la cena, Sofía fue al
baño. La entidad aprovechó. Se acercó a Marco en la barra, presionando su
cuerpo contra el suyo. "Sé lo que quieres", le susurró al oído, su
lengua caliente rozando su lóbulo. "Y te lo daré. Pero serás mío. Cada vez
que la toques, pensarás en mí".
Sin darle tiempo a responder, lo tomó de la
mano y lo llevó al baño de hombres. Allí, encerrados en un cubículo, se
arrodilló. Luna, obligada a observar, vio cómo los labios que una vez fueron
suyos disfrutaban la erección de Marco, agarro la verga y primero lamio la
punta y comenzó masturbarlo hasta que las primeras gotas de semen comenzaron a
emergen en ese momento lo miro directo a los ojos con perversión y beso la
punta de su miembro generando gozo y excitación en el y justo en ese clímax se metió
la verga a la boca y comenzó a chuparla como una maestra. Marco se entregó con
un gemido, y la entidad se tragó todo, luego se levantó, se arregló el vestido
y él el pantalón. "Ahora eres mío", le dijo antes de salir.
Las noches se convirtieron en un infierno
erótico para Luna. La entidad usaba su cuerpo como un templo del placer y la
dominación. Una noche, trajo a Roberto a casa. Luna tuvo que observar cómo el
hombre se postraba ante su cuerpo, cómo le suplicaba por un toque, un beso. La
entidad lo obligó a acostarse en la cama de Luna y se montó en su cara, rodando
sus caderas contra su boca hasta que un orgasmo violento sacudió su cuerpo.
"¿Ves, muñeca?", le dijo la entidad
al aire, después de que Roberto se fuera. "Así es como se debe usar. Para
adorar y para dominar".
Luego, la entidad se acostaba en la cama,
desnuda, y se masturbaba frente al espejo. Sus dedos se hundían en su humedad,
sus ojos se clavaban en su propio reflejo, buscando a Luna. "Siente
esto", siseaba. "Siente cómo tu cuerpo gime por mí. Eres una
espectadora de tu propia perfección".
Luna estaba rota. La humillación era total,
pero en su sumisión, una semilla de excitación oscura había germinado. Veía a
su cuerpo, un cuerpo que siempre había cuidado y amado, convertido en un arma
de seducción irresistible. Y una parte de ella sentía curiosidad pero otra
parte no quería ver, no quería ser testigo de qué más corazones podía
destrozar, todo mientras ella observaba, impotente y terriblemente excitada...
El espejo del vestidor reflejaba a alguien que
ya no era Luna, ni siquiera una versión mejorada de ella. Se había colocado un
top de una tela de gasa marrón chocolate que se cruzaba de forma salvaje sobre
su pecho, dejando al descubierto los pezones, mientras que la parte inferior de
la prenda se enrollaba en su cintura con tiras negras que apenas sujetaban sus
nalgas. La falda negra, tensa y brillante, se ajustaba a sus caderas, modelando
cada curva perfectamente.
Luna flotaba en la esquina solo veía cómo la
entidad se movía frente al espejo, pasándose los dedos por los labios, luego
bajando la mano para pellizcar su propio pecho, haciendo que los pezones se
endurecieran bajo la tela delgada. "Qué belleza", murmuró la entidad,
con una voz ronca que resonaba en el pecho de Luna. "Eres una obra de
arte, muñeca.
Salió de casa sin mirar atrás. Caminaba con la
cabeza alta, las manos en las caderas, exhibiendo su cuerpo como un trofeo. No
había timidez, no había pudor. Solo la necesidad de ser vista, de ser tocada.
Llamó a Roberto, su jefe, quien había estado
esperando con ansiedad el toque de su teléfono. Él apareció en cuestión de
minutos, con los ojos desorbitados y una sonrisa torpe. "Llegaste tarde,
cariño", dijo la entidad, inclinándose contra la puerta de su casa. El top
se deslizó aún más, revelando el escote profundo. "Pero has venido. Eso es
todo lo que importa.“
La llevó hacia dentro y la empujó contra la
pared. Roberto no necesitó ser convencido. Se arrodilló frente a ella, sus
manos temblorosas recorriendo las cintas negras que envolvían la cintura de la
entidad, subiendo por sus costillas hasta llegar a los pechos desnudos que ella
le ofrecía.
Luna gritó en silencio, pero la sensación de la
boca de Roberto en sus pezones fue tan intensa que sintió un espasmo en su alma
etérea. Pero a medida que Roberto la lamió y la besó, Luna sintió un
escalofrío. El cuerpo, controlado por la entidad, se arqueaba, gemía y
demandaba más. La entidad solo podía disfrutar el clímax que sentía entre sus
piernas justo en su jugosa vagina.
"¿Te gusta cómo te veo, Roberto?",
preguntó la entidad, mordiendo el labio inferior mientras miraba cómo el hombre
se perdía en el abismo de su propio deseo.
Roberto asintió, incapaz de hablar. La entidad
se rió, un sonido profundo y gutural. Luego, lo llevó a la cama, lo despojó de
su ropa y se montó sobre él. No fue un acto de amor; solo pasión, sus caderas
rotando, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz tenue. “Esto es mío. Tú
eres mío”.
La entidad tenía hambre. Y no solo de Roberto.
A la mañana siguiente, ya vestida con un top
que parecía mas un bikini dejando toda la espalda descubierta, una falda
ajustada y botas de cuero la entidad, salió a buscar a otros. El teléfono no
paraba de sonar. Mensajes de Marco, el novio de su amiga Sofía, pidiendo verla.
Mensajes de desconocidos que habían visto una foto en Instagram y que ahora
querían más. La entidad respondía a todos con la misma brevedad seductora: Ven.
Ahora.
Una de esas citas la llevó a un club nocturno,
un lugar oscuro y húmedo donde la música latía como un segundo corazón. La
entidad se abrió paso entre la multitud, su ropa ajustada haciendo que todos
los hombres la miraran, algunos con lujuria, otros con admiración. Se detuvo
junto a la barra, pidiendo una bebida mientras sus ojos escaneaban la
habitación, buscando presa.
Un hombre, alto y musculoso, se acercó.
"Hola", dijo, con una sonrisa depravada. "Te he visto antes.“
"Sí", respondió la entidad, dejando
caer la bebida y pasando sus dedos por el cuello del hombre. "Te he visto
en mis sueños. Y en los de muchos otros."
Lo llevó a un rincón apartado, donde la música
era tan fuerte que los cuerpos apenas podían distinguirse. Allí, entre las
sombras, la entidad se desvistió, dejando que el hombre viera cada centímetro
de su piel. El top brillante se cayó, revelando su desnudez total. Los hombres
alrededor los miraban, pero nadie se atrevió a intervenir. La entidad era una
fuerza de la naturaleza.
Luna observaba, paralizada por la vergüenza y
una excitación que no podía controlar. Veía cómo el hombre la tocaba, cómo la
besaba, cómo la poseía. Rogando por más, por más, por más.
"¿Lo ves, Luna?", gritó la entidad en
su mente, con una voz que resonaba en todos sus pensamientos. "El poder.
El placer. La libertad. Todo mío y tu, eres mi esclava, mi espectadora.“
La noche se extendió, y la entidad no paró.
Roberto, Marco, el hombre del club, y otros muchos que se desvanecían en la
niebla de su propio deseo. Al amanecer, la entidad volvió a casa, Exhausta pero
satisfecha. Se miró en el espejo, con la ropa puesta, las marcas de los labios
de hombres en su piel, y los cabellos desordenados. Sonrió, una sonrisa de
triunfo.
"Mañana será otro día", susurró.
"Y tú, Luna, seguirás aquí. Esperando. Observando. Y sintiendo cómo tu
cuerpo gime por mí. "Luna, flotando en la esquina, cerró los ojos. Sabía que
nunca más sería libre



Guau me alegra que la continuaras, sin duda es una de las mejores que has hecho.
ResponderBorrarGracias cariño. Me divertí mucho al escribirla
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