Fue casi con amor… suave… sutil… poco más que
un susurro en la mente de Isabel, una tentación que ella misma acogió. Una
noche, mirándose en el espejo de su dormitorio, la mujer que devolvía la mirada
sonrió con una crueldad que Isabel nunca supo que poseía. Sus ojos, antes un
castaño apagado, ahora ardían con un color amarillo intenso, como oro fundido.
El pánico que sintió duró solo un segundo antes de ser reemplazado por una
oleada de poder puro y decadente. La criatura dentro de ella no la había
conquistado; le había mostrado su verdadero rostro y ella, hambrienta, se lo
había permitido todo.
Ahora, ella era Lilith. O quizás, Lilith era
ella. Ya no importaba.
Su primer acto fue descartar la vida de Isabel.
Las fotos familiares, las reuniones con amigas, el trabajo de oficinista. Todo
lo quemó, no literalmente, sino con un desdén tan profundo que se convirtió en
ceniza en su memoria. Su nuevo templo era la noche, y sus fieles, los hombres
que la miraban con una mezcla de deseo y terror.
No frecuentaba los mismos lugares. Se movía
como un fantasma, apareciendo en bares de hotel exclusivos una noche, en un
club de lucha clandestino la siguiente. Dondequiera que iba, dejaba un rastro
de hombres destrozados. Su método no era la seducción convencional. Era una
caza.
Una noche, en el bar de un hotel de lujo,
eligió a su presa. Un político de mediana edad, con anillo de casado y una
sonrisa practicable. Se sentó a su lado, no demasiado cerca, y ordenó una copa.
No lo miró. Simplemente se quedó allí, una presencia magnética.
El hombre, acostumbrado a que la atención se
dirigiera hacia él, no pudo evitar sentirse inquieto. Se giró para mirarla y
sus ojos se encontraron con los de ella.
—¿Nos conocemos? —preguntó él, su voz un poco
más tensa de lo que pretendía.
Ella finalmente se giró, y su sonrisa fue
lenta, deliberada. —Deberías querer conocerme.
En esa frase, no hubo insinuación, solo una
afirmación de poder. El político sintió un escalofrío recorrer su espina
dorsal. No era miedo, era una emoción más oscura, más primitiva. Se sintió como
un ciervo que acaba de ver a una loba y, en lugar de huir, siente el impulso
irracional de acercarse.
—Mi habitación... —empezó a decir él.
—No —lo interrumpió ella, acercando su mano a
la de él sobre la barra, pero sin tocarla—. Primero, quiero que me mires.
Quiero que pienses en todo lo que harías conmigo. Quiero que me lo cuentes,
aquí y ahora, en voz baja.
El hombre se tragó la saliva. Sus mejillas se
enrojecieron. Miró a su alrededor, pero el bar parecía haberse vaciado. Solo
existían ellos dos. Empezó a hablar, primero con dudas, luego con una febril
urgencia, describiendo fantasías que él mismo no sabía que albergaba. Con cada
palabra que salía de su boca, Lilith sonreía más, sus ojos amarillos brillando
con una luz satisfecha. Ella no se movía, no lo tocaba, pero él estaba sudando,
temblando, completamente a su merced.
Cuando terminó, agotado y avergonzado, ella se
levantó. —Gracias —dijo, y se fue, dejándolo allí, solo con sus palabras
colgando en el aire y una erección dolorosa que no se atrevía a aliviar. Ella
no había tomado nada de él, excepto su dignidad, y para Lilith, eso era el
aperitivo.
Sus víctimas se volvían más osadas. Un
narcotraficante con cara de pocos amigos, al que encontró en un almacén oloroso
a químicos. No le ofreció sexo. Le ofreció poder.
—Sientes que te controlan, ¿verdad? —le dijo
ella, caminando a su alrededor como si fuera una escultura—. Tus socios, tu
familia, la policía. Todos quieren un pedazo de ti.
Él la miró con desconfianza, su mano cerca del
arma. —¿Y tú qué quieres?
Ella se detuvo frente a él, sus ojos amarillos
fijos en los suyos. —Yo quiero que seas libre. Quiero que dejes de ser un perro
faldero y conviertas a todos los demás en tus mascotas.
Le susurró al oído un plan. Un plan
traicionero, violento, que lo pondría en la cima de su organización a costa de
la vida de sus propios hermanos. El narcotraficante escuchó, fascinado, no por
el plan en sí, sino por la forma en que ella lo describía. No como un crimen,
sino como un acto de liberación, un pecado glorioso que lo elevaría a un
estatus divino.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó él, su voz
ronca.
—Porque me excita la destrucción —respondió
ella con una carcajada suave—. Y porque tú eres el instrumento perfecto para
ella.
Se fue sin que él pudiera tocarla. Al día
siguiente, las noticias hablaban de una sangrienta guerra de bandos. Lilith vio
el reportaje en la televisión de un electrodoméstico, sonriendo mientras se
unía las uñas. No había ensuciado sus manos, pero la sangre corría por las
calles gracias a ella.
Su obra maestra fue un sacerdote. No lo buscó
en su iglesia. Lo esperó una noche, sentada en el banco de un parque desolado
frente a la parroquia. Cuando él salió a cerrar, ella simplemente estaba allí,
bajo la luz de una farola.
—Padre —dijo, su voz un contraste entre la
inocencia del título y la perversión de su tono.
El sacerdote se detuvo, su corazón latiendo con
fuerza. No la había visto llegar. —Hija, ¿estás bien? ¿Necesitas ayuda?
—Oh, sí —dijo ella, levantándose y acercándose
lentamente—. Necesito que me confiese. Pero no de mis pecados. Quiero que tú me
confieses los tuyos.
Él retrocedió, horrorizado. —Vete de aquí,
demonio.
—¿Demonio? —rió ella—. No, Padre. Soy la
respuesta a sus oraciones. Soy el pecado que ha estado suprimiendo desde que
entró al seminario. Soy la lujuria que siente por la feligrés que se sienta en
el tercer banco. Soy la ira que siente hacia Dios por haberlo abandonado en su
soledad.
Con cada palabra, el sacerdote palidecía. Ella
estaba desnudando su alma, no con poderes sobrenaturales, sino con una
percepción tan aguda y cruel que sentía como si le estuvieran arrancando la
piel.
—No... —murmuraba él, cayendo de rodillas.
—Sí —susurró ella, arrodillándose frente a él,
sus rostros a centímetros de distancia—. Y yo te perdono. Te libero. Tócame.
Una sola vez. Rómpele el corazón a tu Dios y sé libre por fin.
Sus ojos amarillos eran todo lo que él podía
ver. Eran la promesa de todo lo prohibido. Con un grito desgarrador que era
mitad agonía, mitad éxtasis, el sacerdote se lanzó hacia ella y la besó con la
desesperación de un ahogado que busca aire. No fue un beso de amor ni de
lujuria, fue un acto de autodestrucción. Cuando se apartó, llorando, Lilith ya
no estaba. Se había desvanecido en la noche, dejándolo arrodillado en el
césped, roto, habiendo besado a su diablo y sintiéndose, por primera vez en
décadas, terriblemente vivo.
Lilith caminaba por la ciudad, sintiendo el eco
de la corrupción que había sembrado. No era una asesina; era algo peor. Era una
jardinera del pecado, plantando semillas de oscuridad en los corazones de los
hombres y observando con deleite cómo crecían, enredándolos en sus raíces hasta
que ya no eran ellos, sino solo extensiones de su voluntad perversa. Se miró en
un escaparate y vio a la hermosa mujer con los ojos de un depredador. Sonrió.
El mundo era su jardín y la noche, joven.


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