Era un poco más de media noche y la noche era
apacible hasta que estruendo de metal contra metal resonó en la oscuridad de la
autopista. Tres vehículos destrozados se entrelazaban uno contra el otro
dándose repetidos golpes y girando sin control hasta que la inercia que
llevaban se detenía. El olor a carne, gasolina, asfalto quemado y aceite
invadía la carretera. La mayoría de los pasajeros murió por el impacto y entre
ellos estaba Francisco, que ahora sentía con su ultimo aliento cómo su
conciencia se desprendía del cuerpo, como si un velo invisible se descorriera
ante él.
Al siguiente que salió de su cuerpo, ahora en
su forma etérea desde arriba observó la escena con una claridad aterradora, los
autos, los cuerpos, todo el accidente en general. Allí estaba su propio cuerpo,
retorcido entre los restos del conductor, con una herida en la cabeza que
explicaba la oscuridad que ahora lo envolvía. A su alrededor, otras figuras
etéreas flotaban confundidas, almas recién liberadas; otros fallecidos del
accidente.
"No puede ser," murmuró Francisco, su
voz ahora solo un pensamiento sin sonido. “¡No estoy listo para morir!“
Y en un intento desesperado de quedarse en este
plano Francisco trato de entrar nuevamente en su cuerpo pero fue inútil, este
al ya estar muerto era mas un simple objeto; un cadáver, que un ser vivo por lo
que fue en vano. En su desesperación Francisco trato con un par más de cuerpos
pero tampoco tuvo suerte, pero después de esos intentos sus ojos se posaron en
el cuerpo de una mujer joven, de cabello oscuro y piel pálida. Yacía
inconsciente pero con vida, su pecho subiendo y bajando débilmente. Luchado
entra la vida y la muerte. Mientras su alma era expulsada y atraída hacia el
cuerpo. La conexión era débil por su estado de salud y Francisco supo que esa
era su oportunidad mientras el espíritu de Ana vacilaba entre este mundo y el
siguiente, él se lanzó hacia adelante, una fuerza oscura y decidida.
Sintió cómo cruzaba la barrera, cómo se
sumergía en el cuerpo femenino débil, golpeado y malherido. El espíritu de Ana
emitió un grito silencioso mientras se desvanecía ante él. Pero Francisco ni se
percato realmente… ya estaba ocupado adaptándose a su nuevo hogar.
Los primeros momentos fueron confusos. El dolor
de las heridas de Ana, el sabor a sangre en su boca, el peso del cabello sobre
su rostro. Pero luego vino la adaptación. Francisco, ahora en el cuerpo de Ana,
abrió los ojos y vio a los paramédicos que se acercaban corriendo.
En el hospital, mientras los médicos trataban
sus heridas, incluso tuvieron que realizarle varias cirugías y inducirle un
coma para cuidarla mejor. Pero Francisco aprovecho el momento al tener ahora
total control de ese cuerpo y haber despertado su conciencia como un ser del
plano astral explorando mentalmente los recuerdos de Ana mientras su cuerpo
dormía y se recuperaba. Ahora él era Ana una linda señorita de veintisiete
años, soltera, modelo e influencer. Una vida de privilegios y superficialidad.
Pasaron las semanas y Francisco ya se sentía
mucho más cómodo en el cuerpo.
"¿Cómo te sientes, Ana?" preguntó una
enfermera amablemente. "Mejor de lo que debería," respondió con una
sonrisa que sentía extraña en sus labios. "Como si hubiera renacido."
Durante los días siguientes, mientras se
recuperaba, Francisco aprendió a ser Ana. Practicaba sus gestos frente al
espejo, estudiaba sus fotos en redes sociales, memorizaba las relaciones
importantes. Pero cada vez que se miraba se enamoraba más de su nueva piel.
La primera prueba llegó cuando su mejor amiga
Laura vino a visitarla.
"¡Dios, Ana, estabas a punto de
morir!" lloraba Laura, abrazándola.
Francisco sintió el impulso de rechazar el
contacto, pero forzó a sí mismo a corresponderle. "Estar muerta es
aburrido, cariño. Prefiero estar viva”
Laura se apartó ligeramente, confundida por el
tono de su amiga. "¿Qué quieres decir con eso?"
"Que he cambiado," dijo Francisco,
dejando que una sonrisa pícara se dibujara en el rostro de Ana. "El
accidente me abrió los ojos a muchas cosas.“
A medida que pasaban las semanas, la
transformación se aceleraba. Francisco, como Ana, comenzó a vestirse de manera
más provocativa, a hablar con más seguridad, a utilizar su nueva feminidad como
un arma. Descubrió que el cuerpo de Ana atraía miradas masculinas, y aprendió
disfrutarlo.
“Nunca te había visto así," comentó su
agente durante una sesión de fotos. "Tienes una intensidad nueva."
"La muerte cambia a las personas,"
respondió, mientras posaba con una mirada que prometía más de lo que ofrecía.
"Yo solo elijo cambiar para mejor."
Las noches se volvieron su campo de
experimentación. Francisco exploraba los bares y clubes que Ana frecuentaba,
pero con un propósito diferente. Donde antes Ana buscaba validación, ahora Francisco
buscaba control. Conversaba con hombres y mujeres por igual, dejando una estela
de deseo a su paso.
"Te veo diferente," le susurró un
hombre en un club nocturno, su mano cerca a su entrepierna.
"Quizás porque he aprendido que la vida es
corta," respondió cerca de su oído, sintiendo el temblor del hombre.
"Y no hay tiempo para jugar a ser buena chica."
En su apartamento, frente al espejo del baño,
Francisco a veces se preguntaba qué había sido del espíritu de Ana. ¿Habría
encontrado la paz? ¿O estaba atrapada en el limbo, observando cómo él usaba su
vida?
Pero estas dudas duraban poco. Cada vez que se
miraba, veía a una mujer poderosa, una criatura de seducción y ambición. Había
heredado la belleza de Ana, pero le había añadido la astucia de Francisco. La
combinación era devastadora.
"La gente suspira por lo que pierde,"
le dijo a una amiga sobre su experiencia cercana a la muerte. "Yo prefiero
suspirar por lo que puedo ganar."
Y así, los días se convirtieron en meses.
Francisco se había convertido completamente en Ana, o quizás en algo nuevo que
llevaba ese nombre. Una versión más oscura, más inteligente, más seductora de
la mujer que había sido. Nadie sospechaba la verdad; todos atribuían los
cambios a la experiencia traumática del accidente.
"El accidente te ha dado una nueva
perspectiva," le dijo su madre durante una llamada telefónica.
"O quizás me ha quitado las cadenas,"
respondió mientras observaba su reflejo en una ventana. "A veces necesitas
morir para empezar a vivir de verdad."
Colgó el teléfono y sonrió


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