En el centro de la habitación, sobre un círculo
de sal marina y símbolos dibujados con tinta negra, yacía el cuerpo de
Valentina. Veinte años habían pasado desde que compartieron aula en el
instituto, pero para él, el tiempo no había hecho más que agudizar su obsesión.
Él, ahora un hombre de cuarenta y ocho
años llamado Arthur la había observado desde siempre. La veía en las redes
sociales: una exitosa arquitecta, con un cuerpo esculpido por el gym y una vida
que brillaba con una intensidad que él le envidiaba. El ritual, encontrado en
un grimorio comprado en una tienda de objetos olvidados, era su boleto de
salida.
Con la última palabra del hechizo, Arthur
sintió un desgarro violento, como si su alma fuera arrancada de su cuerpo. La
oscuridad lo consumió. Un instante después, abrió los ojos. El mundo era
diferente. Sintió el peso de un pelo mas largo que el suyo sobre sus hombros.
Se levantó, sus movimientos torpes y descoordinados en este nuevo templo de
carne, y caminó hacia el espejo del vestidor. La mujer que le devolvió la
mirada era una versión perfecta y viviente de sus fantasías. Valentina, y por
primera vez en su vida, Arthur sintió que los estaba mirando desde el lugar
correcto. Una sonrisa lenta y voraz se dibujó en los labios de la mujer del
espejo. Era el nacimiento de una diosa y la muerte de un hombre.
Valentina despertó con un grito ahogado,
sintiendo un dolor generalizado y una confusión abrumadora. El primer shock fue
ver sus manos: grandes, callosas, con uñas cortas y sucias bajo los bordes. Se
tocó la cara, sintiendo una barba incipiente y una piel áspera. El pánico,
crudo y primordial, la paralizó. Miró su reflejo distorsionado en una charca de
agua en el suelo y vio el rostro de un hombre extraño, el rostro de Arthur. Se
levanto y corrió hacia la puerta del sótano, que estaba cerrada por fuera.
Estaba atrapada.
Los días siguientes fueron una inmersión voraz
en la vida de Valentina descubriendo el poder de su nueva apariencia. La forma
en que los hombres la miraban en la calle, la deferencia con la que la trataban
en las reuniones.
El placer se mezclaba con una perversidad
calculada. Una noche, Mark vino a cenar. "Estás un poco... callada esta
noche, cariño", le dijo él, acariciando su mano. Arthur, usando la voz de
Valentina, le respondió con una sutileza que era pura manipulación: "Solo
un día largo, mi amor. Pensando en ti". Mientras hablaba, deslizó su pie
descalzo por la pierna de Mark bajo la mesa, subiendo lentamente hasta su
entrepierna. La reacción de Mark, su respiración entrecortada y sus ojos llenos
de deseo, fue una confirmación de su poder. No solo estaba viviendo la vida de
Valentina; la estaba mejorando, inyectándole una audacia y una sexualidad que
la verdadera Valentina solo había atisbado. Más tarde, en la cama, mientras
Mark la poseía con una pasión renovada, Arthur miró el techo, sintiendo el
cuerpo de Valentina responder con un éxtasis que era a la vez ajeno y
profundamente suyo.
Pero el verdadero objetivo era la usurpación
total. Arthur no quería ser Valentina; quería imponer su manera de ser a la
identidad que era Valentina, borrando la original hasta que solo él quedara.
Cambiando su manera de ser, comportarse, vestir, todo. Pequeños actos que
erosionaban la identidad de la verdadera Valentina, que seguía atrapada en el
sótano, alimentada con las sobras que Arthur le dejaba, su mente confundiéndose
entre sus propios recuerdos y las falsedades que su propio cuerpo le contaba a
través de las redes sociales.
Un día, Arthur, como Valentina, organizó una
pequeña fiesta. Mientras reía y conversaba con los amigos de su anfitriona,
sintió una extraña sensación de paz. Ya no estaba actuando. Los gestos, las
palabras, las risas... fluían naturalmente. Era Valentina. Él no había robado
un cuerpo; lo había purgado. Se había adueñado de una vida tan completamente
que la víctima original se estaba convirtiendo en un fantasma, incluso antes de
morir. Y mientras levantaba su copa para un brindis, sonrió a sus amigos, a su
novio, a su vida. Él había ganado.

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