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De Mercancía a Magnate

 

TEXTO DE LA HISTORIA

La vida de Katherine era un espejismo. Cada noche era tratada como un objeto, para cada cliente una transacción. Su cuerpo era su única herramienta de trabajo, su única moneda. Conocía los hoteles de lujo, los clubes exclusivos y los secretos de los hombres poderosos, pero siempre desde el otro lado de la cama, siempre como la mercancía. Quería cambiar su vida de dama de compañía y puta pero no soñaba con amor, sino con poder. Soñaba con ser la que tomaba las decisiones y la que mandaba.

La oportunidad la encontró en la forma de Isabella. La vio en una portada de revista mientras esperaba a un cliente en una sala de espera. Isabella era todo lo que Katherine no era: pura, intocable, heredera de un imperio. La foto la mostraba sonriendo, una sonrisa que no conocía el cálculo ni el desprecio. Esa noche, mientras un hombre gordo y sudoroso se movía sobre ella, Katherine no pensó en él. Pensó en Isabella. Y un deseo oscuro se apoderó de ella. No quería ser como ella. Quería ser Isabella.

El salto fue un acto de pura voluntad, una concentración de odio y envidia que Katherine había estado alimentando durante semanas. No sabía cómo funcionaba, solo sabía que podía sentir el "cable" que conectaba a la gente con sus cuerpos, y sabía que podía cortarlo y volver a conectarlo a su antojo. Esperó a Isabella en el callejón detrás de una galería de arte, un lugar que sabía que frecuentaba. Cuando la joven pasó, Katherine se lanzó.

Por un instante, estuvo flotando, y luego, el impacto. El olor a perfume caro, la sensación de la seda contra una piel impecable, el peso de un bolso de diseñador en su hombro. Abrió los ojos y vio su reflejo en el escaparate de una tienda. Era el rostro de Isabella. Una sonrisa lenta y salvaje, la primera sonrisa genuina de Katherine en años, se dibujó en aquellos labios perfectos.

Dentro de la oscuridad de su propia mente, la verdadera Isabella gritó, una voz ahogada y sin eco que fue ignorada por completo.

Los primeros días fueron un éxtasis. Katherine, ahora en el cuerpo de Isabella, se paseó por un mundo que antes solo lamía desde fuera. Se probó toda la ropa, condujo todos los coches y despidió al personal que no le parecía lo suficientemente sumiso.

La oportunidad llegó en una gala benéfica. El evento estaba lleno de los mismos hombres que habían sido sus clientes. Ahora, ellos le sonreían con respeto, con deferencia. La trataban como a una igual. La repugnancia y la excitación luchaban dentro de ella. Vio a Don Alberto Morales, un magnate de la construcción con un pasado tan turbio como su cuenta bancaria. Un hombre que, meses atrás, la había tratado como a una mera mancha en la alfombra de su suite.

Él se acercó, con su sonrisa de tiburón. "Isabella, un placer. Tu fundación está haciendo un trabajo admirable".

"Gracias Don Alberto", respondió Katherine, dejando que su nueva voz, dulce y melódica, hiciera el trabajo. "De hecho, quería discutir contigo una posible expansión del proyecto de vivienda. ¿Tienes un momento?“ A lo que el señor acentuó con su cabeza y la guio hacia una sala privada.

Una vez allí Katherine no le dijo ni una sola palabra. Solo se arrodilló lentamente hasta que sus rodillas tocando el mármol. Miró hacia arriba, directamente a los ojos de Don Alberto, y vio la sorpresa en su rostro.

Con movimientos expertos que su cuerpo anterior conocía demasiado bien, Katherine desabrochó su pantalón. Él no dijo nada, solo respiró hondo. Ella tomó su miembro, ya erecto, y lo introdujo en su boca. Podía hacer todo lo que quisiera sin que él se negara demostrándose a sí misma que ahora ella estaba al mando.

Cuando terminó, se limpió la boca con la parte posterior de su mano, se levantó con una gracia insultante y se arregló el vestido. Don Alberto, jadeante, se arregló la ropa, sin mirarla a los ojos.

"La expansión del proyecto", dijo Katherine, su voz tan tranquila como si estuviera pidiendo otro trago de champán. "Espero tu llamada mañana, Alberto. Hay muchos temas que debemos tratar, ya deseo con ansias hacerlo". Salió del baño sin mirar atrás.

Esa noche, mientras se miraba en el espejo de su lujoso dormitorio, Katherine no solo vio el rostro de Isabella. Vio a una reina. Una reina que había llegado al trono arrodillada, pero que ahora se erguía, inmune y absoluta.

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