El calor sofocante del mediodía hacía que el aire acondicionado fuera más una necesidad que un lujo. Patricia, con su pelo oscuro recogido en un moño desordenado, abrió la puerta con un suspiro de alivio cuando vio la camioneta de la empresa eléctrica. El tipo que bajaba era todo lo contrario a los técnicos que solían enviar: joven, con una barba de varios días que le daba un aire rudo y unos brazos tatuados que llenaban la camiseta ajustada.
"El problema está en el interruptor
general del pasillo, a la derecha", le dijo Patricia, señalando con la
mano. "Tengo que darme una ducha, me estoy muriendo de calor. Si necesita
algo, solo grite".
El hombre asintió con una sonrisa torcida, una
sonrisa que Patricia no alcanzó a interpretar. Ella subió las escaleras,
sintiendo cómo la tela de su vestido de verano se pegaba a su piel. El agua
fría de la ducha fue un alivio para ese calor, cerró los ojos y se dejó llevar
por la sensación, a punto de olvidar que tenía un extraño en su casa.
No escuchó la puerta del baño abrirse
silenciosamente. Tampoco sintió la presencia detrás de ella hasta que fue
demasiado tarde. Una mano áspera le tapó la boca y sintió un frío metálico y
agudo en su espalda. Sintió la punzada pero a su vez fue una sensación extraña,
como si su piel se desprendiera de su cuerpo en una sola pieza. Vio cómo su
propia carne se convertía en un material flexible, una segunda piel que el
hombre desprendía con una delicadeza aterradora. Su último pensamiento fue la
imagen de su esposo, antes de que todo se volviera oscuro.
El impostor trabajó con una precisión inhumana.
El traje de piel, aún tibio y pulsando con un último vestigio de vida, se quito
el traje de piel que tenía puesto; la apariencia del hombre rudo y tatuado, y
tomó el traje recién hecho con Patricia y comenzó a ponérselo hasta que se
ajustó a su nuevo cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Sintió el peso de
los pechos, la curva de las caderas, el olor a perfume y a mujer que emanaba de
su nueva envoltura. Se miró en el espejo del baño, los mismos ojos oscuros de
Patricia, pero ahora con una chispa de pura lujuria y poder. Se tocó, exploró
su nuevo cuerpo con una mezcla de curiosidad y deseo voraz.
"Patricia" estaba lista.
Cuando Carlos llegó esa noche, la casa estaba
en penumbra, excepto por una luz cálida en el salón. Y allí estaba ella. No era
la Patricia de la cual se había despedido con un apasionado beso por la mañana.
Esta llevaba un vestido rojo, largo y de seda, tan ceñido que parecía una
segunda piel. Los tacones negros y agudos hacían que su culo se realzara y le
robaba a él el aliento.
"Se fue la luz otra vez", dijo su
esposa, "Pero encontré una forma mejor de pasar el rato".
Carlos no podía apartar la vista de ella. Su
esposa siempre había sido sexy, pero esto... esto era otra cosa. Era una fiera
encerrada en el cuerpo de la mujer que amaba. Ella se acercó, le pasó las manos
por el pecho y sintió cómo se endurecía bajo su toque. "¿No vas a saludar
a tu esposa?", susurró en su oreja, mordiéndole el lóbulo con una fuerza
que lo hizo estremecer.
Esa noche, Carlos descubrió que su esposa se
había convertido en una insaciable ninfómana. Lo hizo una y otra vez, en
posiciones que nunca se habrían atrevido a intentar, con un hambre que parecía
no tener fin. Gritaba su nombre con una furia que lo asustaba y lo excitaba a
la vez. Y mientras él la penetraba con toda su fuerza, sintió cómo algo dentro
de ella se movía, una calidez anormal que recorría su piel como una descarga
eléctrica.
Al día siguiente, la nueva Patricia, se
despertó en la cama con una sonrisa de satisfacción. El plan funcionaba a la
perfección. No solo tenía acceso a la vida de una mujer normal, sino que
también podía explorar todos los deseos que quisiera con su nueva identidad
sino que el idiota no se había percatado de que no actuaba para nada como su
mujer. Y lo mejor de todo, nadie había sido testigo de lo que había hecho por
lo que ahora podría pasar todo el tiempo que quisiera como la nueva Patricia,
al menos hasta que se aburriera y quisiera encontrar un contenedor mejor para
robarle su vida, su identidad, su esencia, y en general su piel…

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