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El Trono Robado


TEXTO DE LA HISTORIA

Mistress Valentina, la rubia escandinava de pechos enormes y caderas que podían aplastar un hombre, estaba arrodillada sobre el espejo negro del suelo. Sus labios carnosos se movían en susurros de hechicería en un lenguaje antiguo que no entendía del todo.

"El poder que buscas es tuyo, mi reina", susurró la bruja desde el círculo de velas. "Pero el cuerpo debe ser el vehículo adecuado para contener tanta fuerza". Valentina sintió el calor subiendo por sus piernas, esa sensación familiar que siempre precedía a un orgasmo explosivo. Pero esta vez era diferente. Muy intenso.

"¡Sí! ¡Dame el poder!" gritó, mientras sus pechos se endurecían hasta doler.

El espejo bajo sus rodillas comenzó a brillar con una luz roja que parecía líquida. Valentina sintió cómo algo la jalaba hacia abajo, como si el suelo la estuviera devorando. Su primer orgasmo la golpeó de manera violenta e inesperada. Sus ojos se abrieron de par en par mientras veía cómo sus manos se encogían, cómo sus uñas largas y rojas se convertían en dedos cortos y nudosos.

"¡No! ¡Qué estás haciendo!" chilló, pero su voz ya no era la de una diosa del sexo. Era aguda, quejumbrosa.

La bruja se reía desde fuera del círculo, mientras su cuerpo delgado y pálido se estiraba, sus senos pequeños hinchándose hasta convertirse en los melones perfectos que Valentina había poseído. Sus caderas se ensanchaban, sus piernas se alargaban.

"Tu imperio es mío ahora", dijo la nueva Valentina con la voz profunda y seductora de la dominatrix. "Y todos tus sirvientes y sumisos... están esperando a que su ama regrese".

La verdadera Valentina, ahora atrapada en el cuerpo envejecido de la bruja, sintió cómo el último vestigio de vitalidad se escapaba con cada contracción de su nuevo pero feo y viejo cuerpo. Estaba atrapada. Impotente. Y peor aún, sintiendo como su orgullo de dominatrix había sido aplastado por una bruja que la había sabido engañar para robarle todo lo que ella era y todo lo que había construido durante años… Ya no era más una dominatrix… ya no era rica y menos importante, ahora era una simple anciana. Y por el contrario ahora la dominatrix era una experimentada bruja con poderes sobrenaturales capaz de hacer cosas que eran inimaginables para personas comunes.

La bruja, ahora en el cuerpo de Valentina, se movía con una torpeza excitante por el nuevo equilibrio del cuerpo estilizado de Valentina. Sus nuevos pechos, enormes y pesados, se balanceaban con cada paso, golpeándose contra los brazos que aún no sabía cómo controlar. Se detuvo frente a su altar y recogió el grimorio, y demás cosas de valor para poder realizar toda su magia, hechizos y encantamientos. Obviamente adecuaría su templo en su nuevo hogar.

"Esto... esto es el verdadero poder", susurró, acariciando la cubierta de piel humana con sus uñas largas y rojas. Metió el libro pesado en una bolsa de cuero junto con amuletos, varas de madera y frascos con líquidos brillantes. Recorrido el templo en círculos con una sonrisa tomando todo lo de valor. Y viendo como Valentina estaba humillada en el centro.

Desde el suelo, la verdadera Valentina, ahora encerrada en el cuerpo viejo y arrugado de la bruja, observaba con lágrimas corriendo por sus mejillas flácidas. Vio cómo su antiguo culo, perfecto y redondo, se contoneaba al salir del templo.

Humillada tuvo que ver en primera persona pero desde el piso de aquel templo lúgubre como la bruja en su cuerpo le sonreía a su chofer, un hombre musculoso que siempre había deseado pero nunca había tocado.

"¿Todo listo, Mistress Valentina?" preguntó el chofer de manera sumisa y servicial hacia su ama.

La nueva bruja y dominatrix renacida como Valentina se inclinó hacia la ventanilla del coche, dejando que sus nuevos senos se recostaran contra el marco. "Todo listo, cariño. Llévame a casa lo más pronto posible, deseo ver a todos mis juguetes jajaja. Y todo lo que metiste a la maleta súbelo a mi estudio cuanto antes".

Valentina sintió cómo su corazón se partía mientras el Rolls-Royce negro se alejaba, llevándose su vida, su cuerpo, su imperio, todo lejos de ella. Siendo usado y usurpado por una maldita bruja ladrona que fue más astuta y maliciosa que ella. La debilidad la golpeó como una ola, y el último que vio antes de desmayarse fue el polvo levantándose por donde había pasado su antiguo yo.

La mansión era un paraíso de lujuria. Paredes de seda roja, suelos de mármol negro y el sonido de susurros excitados llenaban el aire. La bruja Valentina entró como si perteneciera a ese lugar, aunque sus manos temblaban ligeramente.

"Mistress, está de vuelta", susurró una de las sirvientas, arrodillándose inmediatamente. La bruja sintió un escalofrío de placer, una sensación que nunca había experimentado en su cuerpo anterior. El poder y el control eran una droga.

“Quiero ver a todos mis sumisos a mis pies ¡Ahora mismo!", ordenó con la voz segura y dominante de Valentina, aunque por dentro se sentía como una impostora. Pero no le importaba, tarde o temprano se acostumbraría.

Dentro de minutos, la sala principal estaba llena de sumisos arrodillados, todos con ojos llenos de devoción y lujuria. La bruja sintió cómo su nueva vagina se humedecía, una respuesta instintiva que no podía controlar.

"¿Quién de ustedes ha sido bueno?" preguntó, paseándose entre ellos. Sus tacones hacían sonidos rítmicos en el mármol. Se detuvo frente a un hombre joven con el pelo oscuro y los ojos vendados.

"Tú", dijo, agachándose para susurrar en su oído. "Voy a enseñarte lo que significa realmente servir".

Esa noche, la bruja descubrió el verdadero significado del imperio de Valentina. No era solo sobre control; era sobre placer puro, sin límites. Cada orgasmo era más fuerte que el anterior, cada sumiso más devoto que el último. Mientras tenía a un hombre lamiendo sus nuevos pies y a otro entre sus piernas, comprendió que esto era mucho mejor que cualquier hechizo que pudiera haber lanzado.

"Esto... esto es increíble", gimió mientras otro orgasmo la recorría. "¿Por qué no hice esto antes? Jajaja ¡Es magnifico!“

Después de horas de someter hombres y mujeres bajo su voluntad se levanto al baño, se vio en el espejo y se enamoro de su nueva piel, en definitiva era el cuerpo y la vida perfectos para una alma como la suya. Por lo que no siendo más fue a dormir dichosa y satisfecha de lo que había logrado ese día.

A la mañana siguiente la bruja se despertó y una sirviente la estaba esperando con un vaso de jugo de naranja pero la bruja le ordeno que nunca mas le llevara eso en la mañana y en vez una taza de café oscuro sin azúcar. Se levanto y le ordeno a unos esclavos que adecuaran un espacio privado en una habitación que estaba sellada; necesitaba tener su templo a la mano y así iniciar el completo dominio de unificar su vida de bruja a su nueva identidad de dominatrix. Esa misma mañana En el suelo del templo la verdadera Valentina se despertó triste y humillada al haberlo perdido todo.

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