El ruido y caos del gigantesco centro comercial
era super común y rutinario para todos, pero dentro de una de las boutiques de
lujo mas aclamadas de allí el único sonido que importaba era el taconeo de
Sofía y Camila sobre el pulido suelo de cerámica. Sofía, con ese vestido azul
eléctrico que parecía pintado sobre su piel, caminaba como si fuera dueña del
lugar. La tela, tan fina que se resaltaba el contorno de sus pechos exponiendo
sus pezones sobre la tela, se adhería a cada curva de su culo redondo y firme
con cada paso que daba. A su lado, Camila no se quedaba atrás, con un vestido
blanco que se le subía por los muslos
con cada movimiento, dejando ver el inicio de la curva de sus nalgas.
Invisible, Elvira las observaba. Su forma
fantasmal no se notaba pero era como una ligera ondulación en la luz. Esta
fantasma tenía los ojos fijos, prácticamente hipnotizados, en Sofía. Llevaba
años atrapada en esta tienda, reviviendo lo que fue su vida en el probador de
mujeres #7; donde había muerto de sobredosis tiempo atrás. Pero hasta el día de
hoy nunca había sentido un deseo tan visceral. No solo quería ser esa mujer,
quería habitarla, sustituirla completamente. Quería sentir el peso de esos
pechos, la calidez de esa piel, el poder que emanaba de ese cuerpo que gritaba
sexo.
"Mira, si te agachas un poco más, el
escote se te cae y se te ve todo", le susurró Camila a Sofía con una risa
cómplice, acercándose y pasando un dedo por el borde del vestido azul, rozando
el seno de su amiga.
“¿Y qué?, que miren jajaja, tu me conoces
amiga. Amo ser el centro de atención", respondió Sofía con una sonrisa
pícara, arqueando la espalda para que sus pechos se abultaran aún más. "Es
para eso, para ser admirada y deseada por todos". Se detuvo frente a un
espejo, se pasó las manos por las caderas y se giró para mirarse su propio
culo. "Estoy muy buena, lo sé y me encanta".
Elvira sintió un escalofrío que recorrió toda
su esencia. Escuchaba cada palabra, absorbía cada gesto de confianza. Quería
eso. Necesitaba eso. Sofia era perfecta para ser suya, no solo por su cuerpo,
sino su manera de ser era todo lo que ella quería ser estando viva una vez más.
Llegaron a la sección de zapatos y Camila se
dejó caer en un sofá de terciopelo, abriendo un poco las piernas. Sofía se
sentó frente a ella y comenzó a probar tacones. Se quitó los zapatos que
llevaba y, lentamente, se calzó unos tacones negros de aguja. Se recostó en el
sofá, levantó una pierna y se la frotó lentamente, desde el tobillo hasta el
muslo, sintiendo la textura de su propia piel bajo la palma de su mano. Elvira
observaba, sin aliento, cómo los músculos de su pierna se tensaban, cómo la
falda del vestido azul se subía, revelando el delicado encaje de la lencería
que asomaba por la ranura de su entrepierna.
"Éstos me hacen sentir como si pudiera
follar a cualquiera", dijo Sofía, con una voz ronca y sexy, mirándose los
pies y luego a Camila. "Ya lo haces sin ellos, eres una perra",
respondió Camila, riendo.
Cargadas con un montón de ropa, se dirigieron a
los probadores. Elvira las siguió, flotando muy cerca de ellas, un poco ansiosa
de donde les tocaría. Camila entró en el probador #5. Sofía, tuvo que esperar
por que los otros probadores estaban ocupados por lo que espero cargando su
montón de prendas, y luego de un par de minutos una mujer gordita salió de un
probador y la encargada le indico a Sofia que ya podía ingresar por lo que
Sofia se dirigió al probador #7. El destino es caprichoso; justamente en el
cual Elvira había fallecido…
La puerta se cerró. Sofía se miró en el espejo,
se pasó una mano por su cabello castaño, se lanzo un beso a sí misma y,
lentamente, comenzó a desabrocharse el vestido azul. La tela se deslizó por sus
hombros, luego por sus pechos, que quedaron al aire, con los pechos erectos, y
finalmente cayó a sus pies, dejándola solo con un diminuto tanga de encaje que
apenas cubría su sexo. Estaba vulnerable, desnuda, completamente sola. Era el
momento.
Elvira se materializó detrás de ella, una
sombra lúgubre que fugazmente se reflejo en el espejo pero que Sofia no se
percato de ella al estar ocupada con las prendas. Y con un movimiento elegante
pero certero Elvira se arrojó hacia adelante y se sumergió en la espalda de
Sofía penetrando su piel.
Hubo un instante de resistencia, como si el
cuerpo de la joven luchara contra el intruso. Luego, un espasmo recorrió a
Sofía. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de pánico, antes de que una
ola de cansancio inmenso los cerrara. Su cuerpo se desplomó suavemente contra
la pared del probador para luego resbalarse hacia el banco de terciopelo, donde
quedó profundamente dormida.
Dentro de la oscuridad de su propia mente,
Sofía sintió cómo sus memorias, sus pensamientos, su misma esencia, eran
removidos poco a poco, su conciencia se nublo y fue reprimida a lo más profundo
de su propio ser. Y en el vacío que quedó Elvira se instaló.
Elvira abrió los ojos. Eran los ojos de Sofía.
Levantó una mano y la examinó: larga, con uñas perfectamente cuidadas. La
flexionó. La sintió. La sintió suya. Se tocó el pecho, el estómago, las
caderas. Una sonrisa lentamente se dibujó en los labios que ahora le
pertenecían. Se levantó, se acercó al espejo y se vio. No como un reflejo, sino
como la dueña absoluta de esa obra de arte. Las memorias de Sofía fluyeron en
ella: el sabor de su primer beso, la emoción de ganar su primer trabajo, el calor
de la piel de Camila en un abrazo. En cuestión de segundos todo lo que Sofia
sabia, había experimentado, vivido, sus secretos, sus recuerdos. Nombres.
Datos. Información importante que solo ella sabía. Todo era suyo ahora.
Se vistió con el vestido azul que Sofía llevaba
ese día, los tacones, su chaqueta. La tela fría sobre su piel nueva era una
revelación. Se ajustó sus nuevas tetas para que sobresalieran sus pezones
sintiendo la tensión en sus nuevos músculos. Una vez lista se miro en el espejo
y salió del probador.
Elvira vio a su nueva amiga; Camila, viéndose
en un espejo de cuerpo completo en el pasillo de los probadoras. “Es hora de
empezar el show, comienza mi vida como la nueva Sofia” susurro Elvira para si
misma. Mientras caminaba de manera segura y dominante hacia su nueva amiga.
"¡Cami! ¡Dios, estás espectacular!"
exclamó Elvira. Llevaba un vestido plateado, fluido y corto.
"¿Te gusta como me queda?" preguntó
Camila mientras se giraba, dejando que la luz se posara en la pierna desnuda
que el corte lateral revelaba. “Debes comprarlo, te ves divina", Elvira se
lo dijo con un tono sexy.
Se pasaron la siguiente hora en un torbellino
de seda, encaje y lentejuelas. Elvira se probó todo: un vestido verde esmeralda
con un escote que descendía hasta su ombligo, un traje de chaqueta blanco
ajustado que llevaba con nada debajo, un vestido de lycra rojo que parecía
pintado sobre su cuerpo. En cada cambio, su confianza crecía. No solo imitaba a
Sofía; la superaba. Elvira era más audaz, perra y mucho más sensual.
"¿Y si pedimos un par de copas de
champaña?" sugirió Elvira con un brillo pícaro en los ojos de su
anfitriona. "Creo que nos lo hemos ganado".
Camila rió y asintió. Un joven vendedor, apenas
un muchacho, acudió a su llamada; estaba muy nervioso por la belleza de ambas
mujeres. Sus ojos fueron atraídos como un imán al escote de Elvira.
"Señoritas", dijo, sirviendo la
champaña en copas de cristal temblando de los nervios.
Elvira lo miró fijamente mientras tomaba su
copa. "Gracias lindo", susurró, dejando que su voz fuera una caricia.
Le pasó la lengua por los labios con una lentitud calculada. El muchacho se
puso más nervioso. Ella disfrutó el poder de desequilibrar a un hombre con solo
una mirada.
Brindaron y bebieron. La champaña le subió a la
cabeza, una sensación deliciosa que hace mucho tiempo no sentía; desde que
estuvo viva. Se rio más alto de lo que Sofía habría reído nunca.
Un hombre maduro, elegantemente vestido, las
observaba desde cerca. Su esposa estaba enfrascada en una pila de suéteres.
Elvira lo captó, y una idea oscura y divertida la cruzó. Mientras Camila se
distraía con un vestido de tul, se acercó a una estantería cerca del hombre.
"Disculpe", dijo, con voz baja y
melosa. "¿Podría ayudarme a alcanzar ese vestido de arriba?" señaló
una prenda negra en lo más alto.
“Encantado” dijo el hombre. Se acercó, su
cuerpo casi rozando el de ella. Alcanzó el vestido y se lo entregó. Sus dedos
se tocaron. Elvira se quedó con la prenda en la mano, pero no se movió, dejando
que su brazo rozara el de él un segundo más de lo necesario mientras los ojos
de Elvira, se clavaron en los de él con una intensidad que le quitó el aliento.
Elvira sonrió y sin decirle nada dio media
vuelta, lentamente, sabiendo que él la estaba observando. Se detuvo frente a un
espejo de cuerpo entero y se pasó la mano por la cadera, luego por el culo,
como si ajustara el vestido que llevaba puesto. En el reflejo, lo vio mirarla
fijamente, con los ojos llenos deseo. Ella rio, un sonido bajo y seductor, y se
alejó, dejándolo allí, temblando de deseo.
Se acercaron a la caja a pagar. Elvira pagó la
ropa, tacones, joyas y maquillaje que eligió con la tarjeta de crédito de
Sofía, sintiendo el poder de tener su dinero, su vida, su cuerpo. Camila,
mientras tanto, se había cambiado de nuevo a su vestido blanco, y las dos
salieron de la tienda, con las bolsas en la mano y una sonrisa cómplice en los
labios.
"¿Estás bien? Hoy has actuado algo
diferente, como con mas brillo, ¡me encanta amiga!, dijo Camila.
"Estoy más que bien", respondió
Elvira, con una sonrisa triunfante. “Me siento renovada, renacida".
“Eso hay que celebrarlo ¿Qué te parece si vamos
por un trago mas fuerte?" sugirió Camila.
"Por supuesto", respondió Elvira, con
una sonrisa pícara. "Pero primero, necesito ir al baño".
Se dirigieron a los baños del centro comercial,
que estaban vacíos. Elvira entró en un cubículo y se cerró la puerta. Se miró
en el espejo y se pasó las manos por el cuerpo, sintiendo la calidez de la
piel, la firmeza de los pechos, la curva de las caderas. Se quito los tirantes
del vestido y se lo quitó, quedándose en ropa interior en su vagina, pero
desnuda en sus tetas. Se quedo admirando su nuevo cuerpo.
Se tocó los pechos, palpó los pezones, que se
endurecieron bajo su tacto. Bajó una mano por su estómago, hasta la
entrepierna, y se tocó a través de la tela de la tanga. Sintió una humedad
creciente. Se metió un dedo bajo la tela y se tocó, sintiendo el calor, la
humedad, la textura de su vagina. Se masturbó sintiendo el orgasmo recorrerla
como una ola, una sensación nueva, poderosa, que la dejó sin aliento.
Luego de unos minutos para no levantar sospecha
se arregló la ropa, salió del cubículo y se lavó las manos. Camila la esperaba
fuera, con una sonrisa en el rostro.
Fueron a un bar y se sentaron en un taburete.
Elvira pidió un Martini y Camila, un daiquiri de fresa. Brindaron y bebieron.
Elvira miraba a su alrededor, a los hombres que la miraban, a las mujeres que
la envidiaban, y sintió una oleada de poder. Era Sofía, pero era algo más. Era
una diosa del sexo, una criatura de deseo, y estaba lista para conquistar el
mundo.
Se giró hacia Camila, le pasó una mano por el
pelo y le susurró al oído: "¿Te gustaría que probáramos lo bueno que es
estar juntas?". Camila la miró, sorprendida, pero luego sonrió, una
sonrisa pícara, y asintió. Elvira se acercó y la besó, un beso profundo,
apasionado, lleno de deseo. Camila le devolvió el beso, con la misma pasión, y
las dos se quedaron allí
La gente las miraba, algunas con asombro, otras
con desaprobación, pero a ellas no les importaba, eran dos mujeres que amaban
ser hedonistas, el libertinaje y hacer siempre lo que querían por lo que no les
importaba. Elvira gracias a todo lo que una vez había sido Sofia ahora era
libre, era poderosa, y estaba disfrutando de cada segundo de su nueva vida.
Se quedaron allí, tomando, riendo, coqueteando
con los hombres que se acercaban a ellas, disfrutando de la atención, del
deseo, del poder. Elvira se sentía viva, más viva que nunca, y sabía que esta
era solo el comienzo de su nueva vida, una vida de placer, de poder, de deseo
sin límites.
Luego de un par de horas el par de amigas
estaba cansada por lo que fueron al estacionamiento; Elvira recordaba
perfectamente que Sofia había recogido a Camila en su casa y también donde
había dejado el auto estacionado, por lo que sin ningún inconveniente lo
encontraron y durante todo el trayecto a la casa de Camila se besaron otro par
de veces y Elvira masturbo a Camila durante un semáforo en rojo.
Una vez llegaron a su casa se despidieron como
amigas de años de conocerse y Camila se despidió, se bajo del automóvil y
mientras cerraba la puerta noto una sonrisa mas feliz de lo normal en el rostro
de su amiga. Nunca pensó que su amiga había sido totalmente sustituida, sería
algo impensable el haber compartido con una impostora durante todo el día. Por
lo que solo le devolvió la mirada y vio como el auto se alejaba mientras abría
la puerta principal de su casa.
Elvira, ahora en el cuerpo de su anfitriona
soltó una risa malvaba y vibrante. Pasó una lengua por sus labios, saboreando
el recuerdo del Martini y los besos de Camila. La luz de las farolas de otros
autos barría el interior iluminando brevemente sus enormes tetas; de las cuales
aún que aun no se acostumbrada al peso, bajo el vestido azul, las piernas
largas y perfectas extendidas frente a ella. No era simplemente tener un cuerpo
se sentía realmente viva. Había renacido. Y por fin el mundo era nuevamente
suyo para jugar.




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